Kepner entiende el cuerpo como un proceso en movimiento, no como un objeto que “tiene” sensaciones, sino como un organismo que experimenta y significa a través de su forma, su postura y su respiración.
En Proceso corporal, describe cómo la postura, los movimientos y las experiencias corporales son parte esencial del trabajo terapéutico, integrando cuerpo y mente en una sola unidad .
Para Kepner, habitar el cuerpo implica:
- Reconocer cómo la historia emocional se expresa en la estructura corporal.
- Ampliar la conciencia somática para que la persona pueda sentir, nombrar y reorganizar su experiencia.
- Integrar respiración, movimiento y contacto como vías para desbloquear patrones congelados.
Ruella Frank pone el foco en cómo el cuerpo se organiza en relación con el entorno. Su mirada es muy relacional: observa patrones de movimiento, ritmos, apoyos y microgestos que revelan cómo la persona se vincula.
En su propuesta, habitar el cuerpo significa:
- Sentir el apoyo (grounding) en la relación con el entorno.
- Reconocer patrones de movimiento tempranos que siguen actuando en la vida adulta.
- Explorar cómo el cuerpo busca contacto, distancia, sostén o regulación.
- Comprender que el self se organiza a través de movimientos, ritmos y formas de presencia.
Mientras Kepner mira la estructura corporal como historia, Frank mira la organización corporal como relación.
Si bien son complementarios destaco un hilo común: habitar el cuerpo es volver al presente
Ambos coinciden en algo esencial:
habitar el cuerpo es volver al aquí‑y‑ahora de la experiencia, donde se puede sentir, nombrar, reorganizar y elegir.
En ambos enfoques, la respiración es una frontera viva: un borde que se abre y se cierra, que recibe y entrega, que organiza la presencia. Habitar el cuerpo, desde esta perspectiva, es habitar la respiración tal como es, sin forzarla, permitiendo que revele cómo nos sostenemos, cómo nos sostenemos, cómo nos protegemos y cómo podemos volver a entrar en contacto con la vida que pulsa dentro y fuera.
