4 de mayo de 2008


Nos enfrentamos cada día a la velocidad de los tiempos que nos ha tocado vivir y vivimos situaciones difíciles, estresantes, traumatizantes o levemente traumatizantes pero que ocurre de un modo más continuado. Con tanta velocidad no nos damos cuenta de que esto ocurre con más frecuencia de la que creemos. Cuando una emoción triste nos invade, a veces nos tiembla la barbilla, dando lugar
al siguiente paso que será emocionarnos y llorar.

Sentimos miedo, furia, sustos… y temblamos. Reaccionamos instintivamente ante un posible accidente de tráfico, si el momento ha sido intenso seguramente que recién transitado por él nos echemos a temblar. De modo que antes, durante o después nuestro cuerpo tiembla. Por unas razones o por otras no siempre nos lo permitimos pues pareciera no estar aceptado culturalmente, es visto como un signo de debilidad, de vulnerabilidad, descontrol y que va en contra de la imagen que elaboramos de nosotros mismos. 


¿Por qué temblamos?

Temblar es el modo de sacudir el exceso de carga energética acumulada en el músculo en una situación estresante. Impedirlo implica mantener el músculo en estado de estrés continuado, lo que da lugar a una importante rigidez muscular y un estado de alerta psicológica permanente. Esta rigidez paraliza la capacidad natural del músculo para vibrar y si el músculo no vibra no vive, ha perdido la capacidad de ir a la acción y de expresar emoción, queda en estado de “congelación”. 



La pesadez de no temblar

El resultado de todo esto es encontramos ante un estancamiento y evitación de la propia vivencia y de nuestra propia historia, esto es vivido como sensación de pesadez, torpeza, etc. Así quedan emociones estancadas pendientes de elaborar, de expresar, de integrar, dificultando poder dar un sentido a nuestro modo de estar en la vida. A nivel corporal, lugar donde se encarna lo vivencial, ocurre toda una configuración de rigideces musculares que definen una actitud corporal, es la armadura corporal de la que hablaba W. Reich en “Análisis del Carácter”. Y de modo más general es esta la armadura que tiembla.


Experiencia Somática

La bioenergética ofrece toda una tecnología al servicio de buscar la vibración del cuerpo. Los temblores están bajo el control del sistema límbico, nuestro cerebro primitivo o reptil, esto quiere decir que queda lejos de la intervención de nuestro control voluntario, por lo que el proceso natural de auto regulación organísmica queda libre de contaminaciones e interrupciones. En otras palabras, la sabiduría del cuerpo toma el mando. Lo más que debemos hacer es entregarnos al temblor, lo que Peter Levine llamaba tener una Experiencia Somática.

Esta entrega incrementa la conciencia de nuestro ser interior y nos pone en contacto con el Aquí y Ahora porque tales vibraciones solo se dan en el momento presente, nos da la posibilidad de vivir el cuerpo como un organismo vivo que necesita, siente y se emociona más allá de nuestro control consciente permitiendo así evocaciones a nivel cognitivo, movimientos y procesos corporales necesarios para sanar.

Texto de Vicente J. Martínez